Parte II: Descifrado y asombro

Finalmente, los trozos rescatados de la estela y la “facsimile” llegaron a Francia, en base a la copia de papel bastante dañada se reconstruyó la mayoría de las partes perdidas de la estela, y ésta fue publicada. Algunas partes de la estela se perdieron para siempre porque se perdieron ambas:

1. La parte original grabada en la piedra.

2. La parte de la copia de papel donde estaba esa parte de la inscripción, es decir la parte correspondiente = paralela. La pérdida más destacable es la de un gran pedazo triangular en la esquina inferior derecha cómo podrán apreciar en las fotografías.

Cómo ampliaré en la tercera parte del artículo, muy probablemente – cual una maldita Ley de Murphy – en esa parte pérdida había información importantísima.

La publicación y los primeros estudios de la estela de Mesha ya en los años 70 del siglo XIX causaron asombro y revuelo no sólo entre los estudiosos, sino en el público en general. De repente, reyes mencionados en la Biblia aparecen ahí hablándonos con sus propias palabras sin la intermediación de copistas y compiladores. De repente ciudades bíblicas en territorios disputados entre israelitas y moabitas aparecen por sus nombres, y de repente, podemos leer el idioma moabita. De repente, historias bíblicas que parecían tan lejanas y hasta irreales, cobran forma y figura y son relatadas por sus propios héroes. 

Parte I: Descubrimiento y destrucción

La estela de piedra de Meshá, rey de Moab, es a la vez uno de los documentos auténticos más fascinantes de la época bíblica, y una de las decepciones más dolorosas de la investigación de esa época.

La historia del descubrimiento de la estela comienza en el año 1868.

El inmenso imperio Turco Otomano dominaba por ése entonces prácticamente todo el Medio Oriente por ya más de tres siglos y varios indicios apuntaban a su posible final: la mayoría de sus habitantes conformaban un mosaico de etnias y tribus no-turcas agobiadas por el peso del aparato gubernamental burocrático e inepto y la presión fiscal de un estado al cual percibían como lejano.

El imperio Otomano a sus finales mostraba señales de resquebrajamiento en todo aspecto, y las potencias europeas, sobre todo Gran Bretaña, Francia y Prusia, muy atentas a la situación, mostraban gran interés en aumentar su influencia en la zona previendo un posible desmoronamiento del imperio, entre otras cosas incrementando su presencia y trabando relaciones con diferentes etnias y minorías.

Gran cantidad de embajadores, cónsules, investigadores y representantes europeos se establecieron en ciudades a lo largo del imperio, e instituciones europeas de todo tipo fueron creadas, entre ellas religiosas, culturales, y científicas.

Más de una vez, en discusiones acaloradas o charlas distendidas, hacen uso los participantes de comparaciones con pasajes bíblicos para basar o fortalecer sus posiciones político-económicas o socioeconómicas, y pareciera que el material a citar es tan variado, que todos y cada uno puede encontrar en la Biblia Hebrea sustento a su opinión, a veces arrancando a ese sustento de su contexto original.

¿Es que existe en la Torá una visión, o una posición clara con respecto a la economía y a las relaciones de clases? Comencemos por el final:

1. Intentar catalogar las ideas bíblicas usando términos socioeconómicos acuñados en los últimos siglos, como “socialista” o “capitalista”, es un despropósito total, ya que la biblia fue escrita hace más de 3.000 años, en una realidad política, cultural, tecnológica, y socioeconómica totalmente diferente a la moderna.

2. A pesar de esto, la Torá delinea principios morales y sociales con respecto a la economía, que por ser tales –principios– pueden ser adaptados y aplicados aún hoy en día, y estos a su vez concuerdan o no con principios de las diferentes corrientes socioeconómicas modernas.

Para que podamos exponer más claramente estos principios, echemos un vistazo a la realidad económica y social en la Tierra de Israel en la época del Primer Templo: En el Israel bíblico la inmensa mayoría de la población vivía de la agricultura y sus derivados. La tierra era propiedad de la familia. La sociedad era tribal y patriarcal, y cada núcleo familiar trabajaba su tierra la cual se iba pasando por herencia.

Esa porción de tierra familiar es llamada en hebreo najalá. La moneda todavía no existía por ese entonces. Las transacciones se realizaban pagando con plata en metal. Pequeños trocitos de plata se pesaban en balanzas de dos platillos, colocando en uno las pesas correspondientes, y en el otro tantos trocitos de plata como sean necesarios hasta obtener el balanceo. De esta manera la plata se convirtió no solo en el elemento común de pago, sino también en el elemento de ahorro y acumulación de riqueza. La unidad de peso corriente era el Shekel (de aquí el nombre de la actual moneda israelí), comúnmente traducido al español “siclo”, y equivalente a 11,3 gramos de hoy. Veamos ahora principios: