La parashá de esta semana nos presenta dos episodios “fuertes”: el relato acerca Yosef y sus hermanos y el relato acerca de Tamar y Yehudá. Ambos quedaron registrados en nuestra memoria dado su alto grado de dramatismo, sin embargo, no siempre recordamos que un relato está entretejido en medio del otro.

La historia de Tamar y Yehudá interrumpe de manera inesperada la secuencia de los acontecimientos en torno a Iosef. Queda claro que este receso en el relato no es un intervalo literario, sino una insinuación de un mensaje más profundo.

El midrash nos brinda una línea de probable respuesta “y enviaron la túnica de muchos colores y la llevaron a su padre, y dijeron: Encontramos esto; te rogamos que lo examines para ver si es la túnica de tu hijo o no” (Gén. 37:32).

Dijo Rabí Yojanán, le dijo el Santo Bendito a Yehudá: tú le has dicho a tu padre “te rogamos que lo examines para ver “, así te dirán a ti “Te ruego que examines y veas” (Gén. 38: 35)” (Bereshit  Rabá 24).

Así como los hijos de Iaakov enviaron la túnica de rayas y pidieron a su padre que la reconozca así Tamar envía a Yehudá la prenda que le había dejado diciéndole: “Del hombre a quien pertenecen estas cosas estoy encinta. Y añadió: Te ruego que examines y veas de quién es este sello, este cordón y este báculo” (Gén. 38:25).

Parecería que la amarga suerte de Yehudá que debe elaborar el duelo por su mujer y por sus hijos uno tras otros, está relacionada de alguna manera a su participación y conducción en el terrible acto de la venta de Yosef “Sucedió por aquel tiempo que Judá se separó de sus hermanos, y visitó a un adulamita llamado Hira” (Gén. 38:1), el rabino Shimshón Rafael Hirsch interpreta que Yehudá se había alejado de sus hermanos “aquí hay un símbolo  de la tensión y el desmembramiento que estalló entre los hermanos a consecuencia de lo hecho a Iosef, esta tensión fue dirigida sobre Yehudá en especial, quien parece que era el de mayor influencia sobre todos y bajo su conducción aconteció el triste episodio”.

Yehudá desciende de su status de líder entre los hermanos. La acción de los hermanos, y de Yehudá como figura conductora, es un descenso moral, la mayor degradación y deshonra.

Puede ser que exista otra línea de similitud entre los personajes, y  es la valentía y la fuerza espiritual que éstos demuestran. Tanto Tamar como Yosef descubren su fortaleza en su soledad. Iosef se sobrepone y enfrenta a la tentación de la mujer de Potifar. Su conducta es asombrosa. Un esclavo extranjero, solo y carente de derechos se atreve a desafiar y negarse al deseo de la ama.
Tamar, una mujer sola, doblemente viuda, no sólo se atreve a desafiar a su suegro  sino que este es el jefe de la tribu, la cúspide de la pirámide patriarcal, sobre el que descansa todo el orden social.  Una mujer, solitaria, carente de derechos que fue desposeída de todo.

 

CORAZÓN DE LEÓN. Ilustracion de Nora Kimelman
CORAZÓN DE LEÓN. Ilustracion de Nora Kimelman

 

Ambos, Iosef y Tamar, revelan fuerzas espirituales inmensas, uno en la abstención, la otra en la iniciativa y la acción.

Tamar, como otras mujeres de la Biblia, utiliza la seducción  para conseguir su objetivo, como Ester delante de Ajashverosh, como Rut ante Boaz, pero Tamar a diferencia de ambas actúa desde un lugar de profunda soledad, sino de profunda desesperación. No tiene “equipo”, sin Mordejai y sin Noemí. Está sola. Ante lo cual resuenan aún más las palabras de Yehudá: “Ella es más justa que yo” (Gén., 38:26), no solo que tiene razón que está embarazada de Yehudá sino que  Judá reconoce que él no fue justo, al no entregarle a su hijo Shelá. Es justa en el sentido que la justicia está con ella.

Tamar que está a punto de ser quemada en la hoguera sabe que está en lo justo y envía las pruebas a su suegro. No desiste. Su ánimo no cae. Así lo dice el exégeta Sforno “que no cejó su corazón de esforzarse por demostrar su inocencia, a pesar que iban a quemarla, porque su corazón era como el de un león”. Corazón de león hace falta para perseguir la justicia. Corazón de león hace falta para actuar en contra de las convenciones sociales e interpretar la palabra de Dios en su verdad eterna. No tendenciosamente, sin distorsiones, sin intereses personales o grupales, a fin de traer una luz de humanidad a nuestro mundo.

Hasta 1960, más o menos, la Biblia ha sido no sólo alimento espiritual de millones de personas, sino también un referente literario importante: una gran cantidad de alusiones literarias a personajes, situaciones, narraciones, proverbios, etc., bíblicos han poblado nuestra literatura de todo tipo. Incluso en novelas de tema nada religioso la atmósfera de alusiones a la Biblia era constante… incluso en autores insospechados. ¿Por qué no ocurre esto ahora?


Un día, vi a un colega de Facultad, ilustre catedrático de francés, Javier de Prado, enfurecido por los pasillos. Le pregunté:
– ¿Qué te pasa Javier?
– Pues que estoy sencillamente desperado. Estoy explicando en clase a Emilio Zola (novelista francés del siglo XIX, muy famoso por haber dado carta importante de naturaleza en la literatura francesa al realismo más inmoral…, al menos segú algunos: la Iglesia lo condeno al “Índice de libros prohibidos) y no consigo hacérselo entender a mis alumnos… porque ¡no saben nada de Biblia!

Sin embargo, a partir de esa fecha mencionada, más o menos a mediados del siglo pasado, ha cambiado notablemente esta circunstancia y puede decirse que a día de hoy el entorno bíblico ha desaparecido de la literatura La Biblia ha casi muerto como referente literario. ¿Por qué?

Las causas son generales: un ambiente cada vez más laico, ante todo, con un evidente retroceso de las religiones, unido a un notable aumento del interés por la ciencia como marco de nuestra curiosidad. La ciencia en sentido amplio…, incluyendo la ciencia ficción, el espacio y el origen del universo, la electrónica…, la naturaleza como objeto de estudio… todo este conjunto “científico” es la que forma el espacio de alusiones más abundante en las obras literarias de hoy.

En España ha influido también en el retroceso de la Biblia como lectura el que partiéramos de una posición de desventaja respecto a otras naciones: ha sido una tradición inveterada de la Iglesia católica desanimar, o casi prohibir en siglos pasados, la lectura privada de la Biblia, por temor a que los fieles pudieran malinterpretarla. En el semiconsciente de los españoles no existe –como ocurre en otros países, protestantes ante todo- como una de las tareas cotidianas la lectura de un fragmento de la Biblia. La inmensa mayoría de los españoles no la ha leído entera… y muchos también tampoco ni siquiera han leído los Evangelios.

Sin embargo, la Biblia además de un libro de ideas religiosas o de historia, es un libro de lectura entretenida. No toda ella, ciertamente, pero sí en gran parte. Estoy persuadido de que el éxito, en parte de la religión es ser vehicula por un bello elemento literario. En el cristianismo, sin duda alguna. Y en otras religiones también. El Corán, en partes que contienen pocas historias, es un libro bello por su vocabulario, por su ritmo poético, por sus rimas internas. La belleza de su lenguaje contribuye mucho a que la gente se lo aprenda más fácilmente de memoria y a fijar en las mentes el mensaje religioso que contiene.

Hay dos maneras de decir, “Fulanito de Tal es un perverso”. La primera es expresarlo así, tal cual, con una formulación abstracta. La segunda consiste en construir una historia entretenida en la que se pintan unas escenas o situaciones en las que Fulanito actúa como un perverso. No cabe duda de que es mucho más efectiva la segunda manera.

Y eso es lo que hace la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento: contar historias en las que se transmiten mensajes religiosos. Pienso que una buena parte de la pérdida de influencia de la Biblia en la sociedad española es la casi eliminación de la Biblia como lectura en forma de “Historia Sagrada” de los libros de religión de escuelas, colegios e institutos. Con la Historia Sagrada se vehiculaban con facilidad los mensajes religiosos a través del interés que las historias suscitaban en los niños.

No digo que los libros de religión no estén hoy bellamente ilustrados, bien pensados pedagógicamente. Al contrario. En general los libros de texto son hoy mucho mejores que los de antaño tanto en su presentación como en su técnica de comunicación. Pero observo una gran pérdida de influencia en la materia de Religión lo que antes era Historia Sagrada.

Hoy escribe Gonzalo del Cerro a propósito de esta temática y nos ofrece un ejemplo de una bella historia bíblica, que desconocen la mayoría de nuestros niños y que antes todos sabíamos: la de José, hijo de Jacob, vendido por sus hermanos y su posterior buena en Egipto: cómo resiste los deseos de deshonestos de una mala mujer y cómo es encarcelado. Entonces el Faraón tiene unos sueños que sólo José puede descifrar. El monarca, admirado, lo nombra su consejero y primer ministro, cargo en el que triunfa en toda la línea. Sus hermanos, impulsados por una hambruna que se había apoderado de las tierras israelitas deciden ir a comprar trigo a Egipto. José los reconoce y le tiene una trampa amorosa de modo que el final todos deciden irse a vivir a Egipto donde el Faraón le concede una región entera del país para ellos.

Pues bien, esta historia es tan buena literariamente que cumple con ciertas normas que exige Aristóteles en su Poética. (A propósito de la Poética: recordemos que en El nombre de la rosa los crímenes se cometen para intentar que la segunda parte, perdida, de esta obra no llegue a manos del público… tan fundamental era el efecto de la Poética, según pensaba el monje asesino).

Gonzalo del Cerro nos indica cómo

Una de las obras más trascendentales de Aristóteles es la Poética, no demasiado larga, pero especialmente valiosa. Una obra que trata sobre la teoría de la obra literaria. Pues eso es lo que significa etimológicamente Poética, no un tratado sobre “poesía” en el sentido que la palabra tiene en las lenguas modernas, sino un estudio sobre la ”obra literaria” en general.
La Poética contiene palabras básicas que envuelven conceptos fundamentales. La primera es el término que define la obra literaria: Mýthos (mito), exposición o relato de unos sucesos que el autor presenta mediante la Mímesis o imitación de los hechos reales. En diversos pasajes de la Poética deja Aristóteles rastros de su concepto de Mito: Es una “síntesis” de esos hechos imitados (Poét., 6, 1450 a).


En el desarrollo de los acontecimientos, distingue tres partes de la composición literaria, que vienen a ser los elementos constitutivos de la misma: la peripéteia (peripecia), la anagnórisis (reconocimiento) y el páthos (suceso patético). El páthos es el conjunto de hechos dolorosos (Poét., 11, 1452 b). La anagnórisis es “el cambio (metabolé) de la ignorancia al conocimiento” (Poét., 11, 1452 a). La peripéteia es “el cambio de una situación a su contraria” (Poét., 11, 1452 a). La anagnórisis alcanza su mayor belleza cuando va acompañada de la peripéteia, es decir, cuando el reconocimiento provoca un cambio de fortuna en los actores del “mito”.


La Poética de Aristóteles no es, ni en su intención ni en su realización, una Preceptiva Literaria. No establece normas a las que se deban atener los autores de una obra literaria. Describe más bien el sistema que han seguido en la práctica. No dice lo que debe hacer Sófocles en el Edipo Rey, sino lo que hizo. Y eso Aristóteles lo toma y presenta como paradigma.


La Biblia es, al margen de otras consideraciones, una obra literaria en la que convergen grandes genios de la literatura. En ella encontramos pasajes donde aparece reflejada la doctrina patentada por Aristóteles. La historia de José y sus hermanos (Génesis 37-47) es uno de los más bellos relatos (mýthos¬ mitos) de toda la Biblia. La narración goza de una venerable antigüedad, ya que está basada casi exclusivamente en las tradiciones llamadas por los técnicos yahvista (para llamar a Dios utiliza preferentemente el nombre de Yahvé) y elohista (para llamar a Dios utiliza preferentemente el nombre de Elohim), que son las más antiguas del Pentateuco (de los siglos)

 
El páthos está reflejado en las numerosas pesadumbres que jalonan todo el episodio. La anagnórisis constituye el material de la narración en Génesis 45: los hijos de Jacob descubren que “el jefe de toda la tierra de Egipto” era su propio hermano. La peripéteia, como prefería Aristóteles, es aquí la consecuencia inmediata del reconocimiento. Sucede entonces un cambio radical (metabolé). Los hermanos de José pasan, sin solución de continuidad, de una situación desesperada a otra de gozo ilimitado, de la necesidad y el oprobio a la opulencia y a la gloria.

Hasta aquí Gonzalo del Cerro

Es bien visible cómo esta historia de José y sus hermanos vehicula mucho mejor que cualquier formulación abstracta la idea de la conveniencia del perdón fraterno y del premio que Yahvé otorga a los que le son fieles. Y encima se pasa bien leyéndola.

Manuscrito bizantino del siglo XI – apertura del Evangelio de Lucas. Wikipedia

Cuando el término canon es aplicado al Nuevo Testamento (NT), este designa al corpus de literatura sagrada, que se caracteriza por su naturaleza cerrada y su calidad autoritaria, que se origina en la inspiración divina de sus autores. 

Las Escrituras Sagradas fueron consideradas como testimonio fiel de los eventos de la vida de Jesús, desde Su nacimiento hasta Su resurrección, complementadas con Sus dichos y enseñanzas. A los cuatro evangelios se agregaron el libro de Actos, las Epístolas de varios apóstoles, y el libro de Apocalipsis.

La santidad antecedió y pre-condicionó el acto formal de canonización, que en la mayoría de los casos, simplemente colocó punto final a un proceso que se daba por largo tiempo. Su aceptación incuestionable como expresión de la Palabra Divina, las convirtió en fuente de autoridad, lo que le permitió a la comunidad unificar la fe bajo ese canon ampliamente aceptado.

Interesante resaltar que para los primeros seguidores de Jesús de habla griega, el canon bíblico provenía de la traducción de la Biblia llamada Septuaguinta. A fines del siglo primero e.c., algunas escrituras atribuidas a los apóstoles y varias epístolas paulinas ya “rodaban” en manos de círculos cristianos.

Uno de los primeros intentos en solidificar el canon, fue realizado por Marción alrededor del año 140 e.c. Su canon fue rechazado por el cristianismo proto-ortodoxo, al igual que su teología, conocida como “marcionismo”. Muchos estudiosos de la Biblia, han argumentado que la iglesia formuló el canon del NT en respuesta al desafío planteado por Marción.

A principios del siglo tercero, Orígenes, Padre de la Iglesia, ya estaba usando los mismos veintisiete libros del canon católico del NT, aunque todavía existían disputas sobre algunas epístolas y sobre el libro del Apocalipsis.

Eusebio de Cesárea, utilizando la información de Orígenes, creó una lista que detalla en su “Historia Eclesiástica”. En 331 e.c., el emperador Constantino dió la orden de que cincuenta copias de la Biblia fuesen creadas para el uso de la Iglesia en Constantinopla. Eusebio recibió el encargo haciendo de su “lista” el canon de facto

En su carta de Pascua (367 e.c.), Atanasio obispo de Alejandría, redactó una lista exacta de libros que formalmente se convertirían en el canon del NT, usando la palabra “canonizados” (kanonizomena) con respecto a ellos.

El papiro de la Biblioteca Raylands es el texto del AT más antiguo existente

 

El Papa Dámaso I, durante el Concilio de Roma de 382 e.c., promulgó el canon bíblico bajo el Magisterio infalible del Papa y los Obispos. Poco después encargó la traducción al latín de la Biblia (Vulgata), que fue fundamental en la fijación del canon en la iglesia de  Occidente. Otros concilios como el de Hipona (393) y los dos de Cartago (397 y 419), bajo la autoridad de San Agustín, declararon el canon como ya cerrado. El Concilio de Trento de 1546, reafirmó el canon para el catolicismo ante la Reforma protestante.

Existen otros cánones en las iglesias de oriente como el de las iglesias armenia y copta o el de la iglesia ortodoxa siriana basada en su biblia llamada Peshita

Rechazando la doctrina del Magisteruim, la Reforma protestante se centró en la doctrina de la sola scriptura, es decir, la autoridad suprema se origina en las Sagradas Escrituras solamente. El canon de la Biblia protestante, comprende los 39 libros del Antiguo Testamento,  junto con los 27 del NT, para un total de 66 libros contrastando con los 73 de la Biblia católica, ya que excluyó las Escrituras consideradas deutero-canónicas. Martin Lutero consideraba que esos libros no eran iguales a las Escrituras, pero eran útiles y buenos para leer.

 

 

¹Marción fue un teólogo cristiano que vivió en Asia Menor, entre 110 y 160 e.c. Propuso una distinción entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y afirmó que fueron creados por dos dioses diferentes. El Dios de Israel, el Creador del Universo, era un Dios inferior, cruel, y caprichoso, que creó lo mundanal. En contraste, el Dios bueno era el Dios espiritual, que envió a Jesús para salvar a la humanidad. Por consiguiente, rechazó Marción el Antiguo Testamento y los motivos judíos que se filtraron en las Escrituras cristianas y, utilizaba sólo el Evangelio de Lucas que él mismo editó, así como algunas de las Epístolas de Pablo. La oposición a las enseñanzas de Marción fue tan fuerte, que lo llamaron “el hijo del diablo” y fue expulsado de la iglesia en el 144 e.c.

El Estanque de Betesda era un complejo de dos piscinas en el valle Beit Zeita al este de Jerusalén. Hoy en día, sus restos se encuentran dentro de la ciudad amurallada, en el barrio musulmán, muy cerca de la Puerta de los Leones.

La primera piscina fue creada durante el siglo VIII a.e.c. Un dique transversal de 6 metros de ancho fue construido en el valle creando una represa para contener las aguas de lluvias. Tal vez esta represa es el “estanque superior” mencionada en el Libro II de Reyes (17:18) que se hallaba en “el camino del campo de los lavanderos”. Otra mención del “estanque superior” aparece en el libro de Isaías reforzando la hipótesis de que fue utilizado por los lavanderos de la ciudad. (Isaías 7: 3).

En el siglo III a.e.c., al parecer por iniciativa del sumo sacerdote Simón el Grande, se construyó otro estanque en el sitio, utilizando la represa como muro divisorio. Según la creencia popular, estos dos estanques se llamaban “estanques de las ovejas” o ”piscina probática” porque se utilizaban para lavar los rebaños que se traían para sacrificios en el Templo. Contrariamente a esta creencia, el arqueólogo Shimon Gibson, explica que las piscinas se construyeron como parte del sistema de agua de Jerusalén, pero no para beber o divertirse (nadar?), sino para purificación ritual. La piscina norte sirvió como reservorio de agua, mientras que la piscina sur funcionaba como “mikvé tahará”, piscina para baños rituales. Una escalera de 35 m. de ancho permitía descender hasta el agua para tomar el baño purificador que tiene que ser un baño de inmersión, en hebreo “Tvilá”.

Vista de las ruinas del Tanque de Bethesda en las proximidades de la Puerta de los Leones en la Ciudad Vieja de Jerusalén
Vista de las ruinas del Tanque de Bethesda en las proximidades de la Puerta de los Leones en la Ciudad Vieja de Jerusalén

 

Los estanques estaban rodeados por cuatro pórticos (Stoa en griego) y una quinta “stoa” conectaba las dos piscinas. Un canal cincelado sobre la piedra caliza permitía controlar el flujo del agua y mantener el nivel de profundidad en la piscina sur para permitir la Tvilá de los judíos, o podríamos decir el “bautismo”, ya que esta palabra griega es la que usa la Septuaguinta para traducir el término “Tvilá”.

 

Una descripción de los estanques aparece en el Nuevo Testamento. Cerca de la puerta llamada “de las ovejas”, en el sitio que se llama “Piscina de Betesda”, Jesús realizó un milagro en el que curó a un hombre que por 38 años se hallaba allí, débil o enfermo (¡el texto griego no dice paralítico!).

 

Después del 135 ec., con el establecimiento de Aelia Capitolina como ciudad pagana por parte de Adriano, se construyeron en el lugar baños medicinales y altares al dios de la medicina Asclepio, quien curaba las enfermedades.

 

Durante el período bizantino, se construyó una gran iglesia en forma de basílica y el sitio fue dedicado a María a raíz de la intensificación de la adoración a la madre de Jesús, impulsada por la emperatriz Eudocia.

 

A principios del siglo XI, la iglesia fue destruida por el califa fatimí El Hakim Be-Amer Alah. Después de la Primera Cruzada, sobre las ruinas de la iglesia bizantina, los cruzados construyeron una pequeña capilla y edificaron una gran iglesia de estilo románico dedicada a Santa Ana. La cripta de la iglesia, cuenta la tradición, fue el lugar de nacimiento de la hija de Ana y Joaquín, padres de la virgen María.

Cinco años después de la derrota de los cruzados en 1187, la iglesia se convirtió en una mádrasa (escuela musulmana) y dedicada al “libertador” de Jerusalén, Saladino.

 

En el siglo XIX, el edificio sirvió como establo para la guarnición turca local. Los turcos entregaron el lugar al gobierno francés en 1856, como agradecimiento a su decisiva ayuda durante la guerra de Crimea. A su vez, los franceses cedieron el lugar a la Orden de los Padres Blancos. Esta orden fue establecida para la actividad misionera en África.

Las excavaciones arqueológicas conducidas por estos comenzaron en 1862 y se han prolongado hasta el 2009, permitiendo la identificación de los estanques y las iglesias mencionadas arriba.

 

Reconstrucción de las Piscinas de Bethesda en la maqueta de Jerusalén del siglo I, en el Museo de Israel
Reconstrucción de las Piscinas de Bethesda en la maqueta de Jerusalén del siglo I, en el Museo de Israel

Hasta 1960, más o menos, la Biblia ha sido no sólo alimento espiritual de millones de personas, sino también un referente literario importante: una gran cantidad de alusiones literarias a personajes, situaciones, narraciones, proverbios, etc., bíblicos han poblado nuestra literatura de todo tipo.

Incluso en novelas de tema nada religioso la atmósfera de alusiones a la Biblia era constante… incluso en autores insospechados. ¿Por qué no ocurre esto ahora?

Un día, vi a un colega de Facultad, ilustre catedrático de francés, Javier de Prado, enfurecido por los pasillos. Le pregunté:

– ¿Qué te pasa Javier?
– Pues que estoy sencillamente desperado. Estoy explicando en clase a Emilio Zola (novelista francés del siglo XIX, muy famoso por haber dado carta importante de naturaleza en la literatura francesa al realismo más inmoral…, al menos segú algunos: la Iglesia lo condeno al “Índice de libros prohibidos) y no consigo hacérselo entender a mis alumnos… porque ¡no saben nada de Biblia!

Sin embargo, a partir de esa fecha mencionada, más o menos a mediados del siglo pasado, ha cambiado notablemente esta circunstancia y puede decirse que a día de hoy el entorno bíblico ha desaparecido de la literatura La Biblia ha casi muerto como referente literario. ¿Por qué?

Las causas son generales: un ambiente cada vez más laico, ante todo, con un evidente retroceso de las religiones, unido a un notable aumento del interés por la ciencia como marco de nuestra curiosidad.

La ciencia en sentido amplio…, incluyendo la ciencia ficción, el espacio y el origen del universo, la electrónica…, la naturaleza como objeto de estudio… todo este conjunto “científico” es la que forma el espacio de alusiones más abundante en las obras literarias de hoy.

En España ha influido también en el retroceso de la Biblia como lectura el que partiéramos de una posición de desventaja respecto a otras naciones: ha sido una tradición inveterada de la Iglesia católica desanimar, o casi prohibir en siglos pasados, la lectura privada de la Biblia, por temor a que los fieles pudieran malinterpretarla.

En el semiconsciente de los españoles no existe –como ocurre en otros países, protestantes ante todo- como una de las tareas cotidianas la lectura de un fragmento de la Biblia. La inmensa mayoría de los españoles no la ha leído entera… y muchos también tampoco ni siquiera han leído los Evangelios.

Sin embargo, la Biblia además de un libro de ideas religiosas o de historia, es un libro de lectura entretenida.

No toda ella, ciertamente, pero sí en gran parte. Estoy persuadido de que el éxito, en parte de la religión es ser vehicula por un bello elemento literario. En el cristianismo, sin duda alguna. Y en otras religiones también.

El Corán, en partes que contienen pocas historias, es un libro bello por su vocabulario, por su ritmo poético, por sus rimas internas. La belleza de su lenguaje contribuye mucho a que la gente se lo aprenda más fácilmente de memoria y a fijar en las mentes el mensaje religioso que contiene.

Hay dos maneras de decir, “Fulanito de Tal es un perverso”. La primera es expresarlo así, tal cual, con una formulación abstracta.

La segunda consiste en construir una historia entretenida en la que se pintan unas escenas o situaciones en las que Fulanito actúa como un perverso. No cabe duda de que es mucho más efectiva la segunda manera.

Y eso es lo que hace la Biblia, sobre todo en el Antiguo Testamento: contar historias en las que se transmiten mensajes religiosos. Pienso que una buena parte de la pérdida de influencia de la Biblia en la sociedad española es la casi eliminación de la Biblia como lectura en forma de “Historia Sagrada” de los libros de religión de escuelas, colegios e institutos.

Con la Historia Sagrada se vehiculaban con facilidad los mensajes religiosos a través del interés que las historias suscitaban en los niños.

No digo que los libros de religión no estén hoy bellamente ilustrados, bien pensados pedagógicamente. Al contrario.

En general los libros de texto son hoy mucho mejores que los de antaño tanto en su presentación como en su técnica de comunicación. Pero observo una gran pérdida de influencia en la materia de Religión lo que antes era Historia Sagrada.

Hoy escribe Gonzalo del Cerro a propósito de esta temática y nos ofrece un ejemplo de una bella historia bíblica, que desconocen la mayoría de nuestros niños y que antes todos sabíamos: la de José, hijo de Jacob, vendido por sus hermanos y su posterior buena en Egipto: cómo resiste los deseos de deshonestos de una mala mujer y cómo es encarcelado. Entonces el Faraón tiene unos sueños que sólo José puede descifrar.

El monarca, admirado, lo nombra su consejero y primer ministro, cargo en el que triunfa en toda la línea. Sus hermanos, impulsados por una hambruna que se había apoderado de las tierras israelitas deciden ir a comprar trigo a Egipto.

José los reconoce y le tiene una trampa amorosa de modo que el final todos deciden irse a vivir a Egipto donde el Faraón le concede una región entera del país para ellos.

Pues bien, esta historia es tan buena literariamente que cumple con ciertas normas que exige Aristóteles en su Poética. (A propósito de la Poética: recordemos que en El nombre de la rosa los crímenes se cometen para intentar que la segunda parte, perdida, de esta obra no llegue a manos del público… tan fundamental era el efecto de la Poética, según pensaba el monje asesino).

Gonzalo del Cerro nos indica cómo.

Una de las obras más trascendentales de Aristóteles es la Poética, no demasiado larga, pero especialmente valiosa. Una obra que trata sobre la teoría de la obra literaria. Pues eso es lo que significa etimológicamente Poética, no un tratado sobre “poesía” en el sentido que la palabra tiene en las lenguas modernas, sino un estudio sobre la ”obra literaria” en general.

La Poética contiene palabras básicas que envuelven conceptos fundamentales. La primera es el término que define la obra literaria: Mýthos (mito), exposición o relato de unos sucesos que el autor presenta mediante la Mímesis o imitación de los hechos reales. En diversos pasajes de la Poética deja Aristóteles rastros de su concepto de Mito: Es una “síntesis” de esos hechos imitados (Poét., 6, 1450 a).

En el desarrollo de los acontecimientos, distingue tres partes de la composición literaria, que vienen a ser los elementos constitutivos de la misma: la peripéteia (peripecia), la anagnórisis (reconocimiento) y el páthos (suceso patético).

El páthos es el conjunto de hechos dolorosos (Poét., 11, 1452 b). La anagnórisis es “el cambio (metabolé) de la ignorancia al conocimiento” (Poét., 11, 1452 a). La peripéteia es “el cambio de una situación a su contraria” (Poét., 11, 1452 a). La anagnórisis alcanza su mayor belleza cuando va acompañada de la peripéteia, es decir, cuando el reconocimiento provoca un cambio de fortuna en los actores del “mito”.

La Poética de Aristóteles no es, ni en su intención ni en su realización, una Preceptiva Literaria. No establece normas a las que se deban atener los autores de una obra literaria. Describe más bien el sistema que han seguido en la práctica. No dice lo que debe hacer Sófocles en el Edipo Rey, sino lo que hizo. Y eso Aristóteles lo toma y presenta como paradigma.

La Biblia es, al margen de otras consideraciones, una obra literaria en la que convergen grandes genios de la literatura. En ella encontramos pasajes donde aparece reflejada la doctrina patentada por Aristóteles.

La historia de José y sus hermanos (Génesis 37-47) es uno de los más bellos relatos (mýthos¬ mitos) de toda la Biblia. La narración goza de una venerable antigüedad, ya que está basada casi exclusivamente en las tradiciones llamadas por los técnicos yahvista (para llamar a Dios utiliza preferentemente el nombre de Yahvé) y elohista (para llamar a Dios utiliza preferentemente el nombre de Elohim), que son las más antiguas del Pentateuco de los siglos.

El páthos está reflejado en las numerosas pesadumbres que jalonan todo el episodio. La anagnórisis constituye el material de la narración en Génesis 45: los hijos de Jacob descubren que “el jefe de toda la tierra de Egipto” era su propio hermano.

La peripéteia, como prefería Aristóteles, es aquí la consecuencia inmediata del reconocimiento. Sucede entonces un cambio radical (metabolé). Los hermanos de José pasan, sin solución de continuidad, de una situación desesperada a otra de gozo ilimitado, de la necesidad y el oprobio a la opulencia y a la gloria.

Hasta aquí Gonzalo del Cerro.

Es bien visible cómo esta historia de José y sus hermanos vehicula mucho mejor que cualquier formulación abstracta la idea de la conveniencia del perdón fraterno y del premio que Yahvé otorga a los que le son fieles. Y encima se pasa bien leyéndola.

Uno de los períodos menos conocidos por los estudiantes de la Biblia, es el que llamamos el período intertestamentario. Sin embargo, los cambios ocurridos durante esos años marcan uno de los períodos más importantes en la historia del pueblo de Israel.

Este período de aproximadamente 450 años es de suma importancia ya que va a tener influencia en el desarrollo del judaísmo como la fe del pueblo de Israel; asimismo, siglos más tarde, va a influenciar la historia del cristianismo neotestamentario.

Uno de los fenómenos más importantes durante el período intertestamentario es la helenización del judaísmo. El período intertestamentario se denomina a los años que transcurren entre el cierre del canon de la Biblia hebrea y los comienzos del Nuevo Testamento.

En este período, el pueblo de Israel finalmente se transforma en una nación monoteísta, ya que, durante todo el período bíblico anterior, el pueblo de Israel adoraba a Yahvé, pero seguía adorando a dioses paganos.

El canon de la Biblia hebrea termina con el libro de 2 Crónicas, mientras que la Biblia cristiana cierra el Antiguo Testamento con el libro del profeta Malaquías, el que fue compuesto aproximadamente en el año 450 A.C. Si el primer libro del Nuevo Testamento fue compuesto aproximadamente en el año 55 D.C. por el apóstol Pablo entonces este período cubre aproximadamente cinco siglos.

Por otro lado, si consideramos el nacimiento de Jesús como el principio del Nuevo Testamento, este período es aproximadamente de 450 años.

Es durante este período donde ocurre un fenómeno que va a influenciar tanto al judaísmo como como a la teología cristiana. Este fenómeno es la helenización del pueblo judío.  Se define como “helenismo” (Del lat. hellenismus, y este del gr. ἑλληνισμός) al período de la cultura griega que va desde Alejandro Magno hasta Augusto, y se caracteriza sobre todo por la absorción de elementos de las culturas de Asia Menor y de Egipto.

Alejandro Magno, partiendo de Macedonia en el año 334 A.C., comienza la campaña de conquista de los grandes imperios orientales, extendiendo sus dominios hasta la India y Afganistán. En su juventud Alejandro fue educado por el gran filósofo griego Aristóteles cuyas enseñanzas moldearon su forma de pensar. Las conquistas de Alejandro no solamente tuvieron un propósito político-militar, sino que éste se propuso introducir los avances de la civilización griega a todo el mundo conocido.

Este proceso es comúnmente llamado “helenismo” o “helenización”, vocablo que deriva de la palabra “Helas” que significa “griego, y significa el adoptar o imitar el lenguaje, cultura, tradiciones, filosofías, y religiones griegas.  No se puede minimizar el impacto que el helenismo produjo en el mundo civilizado. El mismo imperio romano adoptó costumbres, tradiciones y aún la religión griega, simplemente cambiándoles el nombre a los dioses del panteón griego.

El pueblo de Israel y el judaísmo no fueron exentos de tales cambios y el judaísmo griego o judaísmo helénico de aquí en más pasa a ser parte de la historia del pueblo de Israel. 

Debemos destacar que sólo parte del pueblo judío vivía en la tierra de Israel, y que muchos judíos vivían en otros lugares del mundo civilizado, desde Babilonia y el antiguo imperio persa hasta los límites más extremos del imperio romano. Mientras Jerusalén y el Templo eran el punto focal del judaísmo durante el período intertesta-mentaio, grandes centros de judaísmo se habían desarrollado en Babilonia y Alejandría.

La dispersión de los judíos exiliados de su país es conocida como “díaspora” y tuvo sus comienzos a partir de la destrucción de Jerusalén en el año 586 A.C., cuando muchos judíos se establecieron en Egipto y una gran mayoría fueron desterrados a distintas partes del imperio babilónico.

Si tomamos en cuenta el relato de Esdras capítulo dos, el número de los exiliados que retornaron a Israel del cautiverio babilónico es 42.360; sin embargo, si tomamos en cuenta la creciente importancia de los que permanecieron en Babilonia podemos decir con cierto grado de certeza que fueron más los judíos que prefirieron permanecer que los que retornaron a Israel.

Esto es evidente por el número e importancia del judaísmo babilónico, cuando siglos más tarde las academias judías editan al Talmud de Babilonia, que junto con la Torá, son la base del judaísmo hasta el día de hoy.

Pero compitiendo con Jerusalén y Babilonia, estaba la comunidad judía de Egipto, cuyo epicentro era la ciudad de Alejandría. El principio de esta comunidad se remonta al período del Antiguo Testamento, cuando muchos judíos van a Egipto ante la inminente captura de Jerusalén por los babilonios.

Los que emigraron a Egipto se establecieron en una localidad que fue conocida con el nombre de Tierra de Onías o Leontópolis. Allí en Egipto se levantó un templo judío que competiría con el templo de Jerusalén ya que el templo de Onías fue el único templo aparte del de Jerusalén donde se llevaban a cabo los sacrificios prescriptos por la ley Mosaica llevados a cabo por genuinos sacerdotes descendientes de Arón.

Según el relato de Flavio Josefo, este templo se edificó durante el apogeo de la cultura griega en el norte de Egipto en el año 170 A.C., y continuó funcionando hasta el año 73 D.C. Sin embargo el centro más importante del judaísmo helénico estaba centrado en la ciudad de Alejandría y fue allí desde donde nació y se expandió la helenización del judaísmo.

El interés en estudiar la helenización del judaísmo como un fenómeno cultural político y religioso tuvo sus principios en los círculos académicos en el siglo diecinueve. La importancia de este tema en círculos teológicos cristianos fue quizás iniciada por los escritos de Ferdinand C. Baur.  Baur (1792- 1860) fue un teólogo protestante alemán y fundador y líder de la Escuela de Teología de Tubinga.

Siguiendo la teoría dialéctica de Hegel, Baur argumentó que el cristianismo del segundo siglo representaba la síntesis de dos tesis opuestas: el cristianismo judío y el cristianismo gentil. La obra de Baur tuvo un profundo impacto en el análisis de la historicidad de los textos bíblicos y por ende, en la historia del judaísmo y del cristianismo.

La pregunta que se debate aún hasta nuestros días es hasta qué punto el helenismo influenció al judaísmo, y por ende al cristianismo. Durante el período intertestamentario estaba de moda el uso de nombres y terminología griega; por ejemplo el nombre “Alejandro” y la palabra “sinagoga”.

Quizás lo más importante es la adopción del lenguaje y la escritura griega. La cuestión que debe ser debatida es cuándo, cómo, en qué círculos, y hasta qué punto la helenización de Israel durante el período intertestamentario influenció al judaísmo y al cristianismo.

Es durante este período que mucha de la literatura judía fue escrita en griego: entre ellos la “Septuaginta” o “La versión de los 70”, que es la traducción de la Biblia hebrea al griego, “La carta de Jeremías”,  1 Erza “, los libros   2ª y 3ª Macabeos”, “Baruc”. Pero quizás el mejor ejemplo de la helenización del judaísmo son los escritos filosóficos y religiosos de Filón de Alejandría. 

Filón de Alejandría (en griego: Φίλων ὁ Ἀλεξανδρεύς, Philôn ho Alexandreus; en latín: Philo Judaeus, Filón el judío; en hebreo: פילון האלכסנדרוני, Filôn Haleksandrôny) fue un filósofo judío helenístico nacido alrededor del año 20 A.C. en Alejandría, donde murió alrededor del 45 D. C.

Al ser contemporáneo de Pablo, que nació en la ciudad griega de Tarso  al inicio de la era cristiana, nos preguntamos hasta qué punto el judaísmo helénico de Filón pudo haber influenciado al judaísmo al cristianismo de los primeros siglos.

Su abundante trabajo es principalmente apologético, con la intención de demostrar la combinación perfecta entre la fe judía y la filosofía helenística. Filón interpretó la Biblia a través de la filosofía griega, apoyándose principalmente en Platón y en los estoicos. Esto resultó en los siglos siguientes en una sumisión de la filosofía a las Escrituras.

Sus escritos alegóricos y fantasiosos sobre la vida de los patriarcas de Israel, los querubines, la inmutabilidad de Dios, y su interpretación de la ley Mosaica, son representativos tanto de la helenización del judaísmo así como de la influencia del judaísmo en el mundo helénico.

El pensamiento de Filón impregnó a los padres de la Iglesia, como Orígenes de Alejandría, Ambrosio de Milán y Agustín de Hipona. Al no haber literatura fidedigna de la religión judía en Israel de ese tiempo, no sabemos a ciencia cierta su influencia en la tradición judía, en particular en la tradición rabínica escrita, la que nació un siglo después de la muerte de Filón.

Sin embargo, sí se puede hablar de algún tipo de influencia judeo-helenista en algunos escritos del canon del Nuevo Testamento.  El escritor contemporáneo Folker Siegent  cree percibir una influencia indirecta de Filón en la Epístola a los Hebreos y en el Evangelio de Juan escrito en Éfeso, donde residía Apolos, un judío de Alejandría que participó en la creación de la comunidad cristiana local.

Este último, que también residía en Corinto, también pudo haber tenido alguna influencia en las Epístolas a los Corintios. Los estudiosos han notado similitudes entre el Evangelio de Lucas (de inspiración paulina) y el pensamiento de Filón.

La influencia de la cultura griega en el judaísmo fue un fenómeno importante en la historia del antiguo pueblo judío, pero a diferencia de otras culturas, como la de Roma, el helenismo no cambió el fundamento de la religión del pueblo de Israel.

En contraste, la cultura y religión romana adaptaron la cultura y religión griega. El panteón griego fue adoptado por los romanos los que simplemente dieron nombres latinos a las deidades griegas.

Y su deseo de identificarse étnicamente con los antiguos griegos fue el origen de La Eneida de Virgilio, en la cual el héroe troyano Eneas escapa y sus descendientes Rómulo y Remo fundan la ciudad de Roma.

La helenización del judaísmo es el fenómeno que permitió al pueblo judío esparcido por el mundo grecorromano puder expresarse en forma entendible en medio de una cultura foránea. Un ejemplo de esto lo vemos en el discurso de Pablo en el Areópago de Atenas narrado en el libro de Los Hechos de los Apóstoles capítulo 17.

Allí Pablo aprovecha el hecho de que griego era su otra lengua natural y que los atenienses tenían pasión por nuevas filosofías, en vez de condenar su politeísmo o filosofía, señala  un altar dedicado al “dios no conocido” para presentarles su mensaje.

En otras palabras, podríamos decir que la fe del pueblo judío que vivía en el mundo gentil era tan fuerte y fiel a su religión ancestral, que ni en creencia ni en práctica fue cambiada por la cultura helénica en medio de la cual existía.

Saulo de Tarso, conocido como el apóstol Pablo, es un ejemplo de esta verdad. Nació y probablemente creció en la ciudad de Tarso, una ciudad griega la que de alguna forma influyó en su desarrollo cultural, sin embargo se mantuvo fiel a su judaísmo.

Tal fue su fidelidad al judaísmo que les dice a los Gálatas “y en el judaísmo aventajaba a muchos de mis compañeros en mi nación, siendo mucho más celoso de las tradiciones de mis padres” (1:14).

A diferencia de Filón de Alejandría, quien adoptó filosofía estoica y aristotélica para adaptar su judaísmo a la cultura helénica, Pablo se identificó por su judaísmo helénico particular.

Nacido en una ciudad griega, de una familia prominente que gozaba ciudadanía romana, es probable que en su casa no se hablara el griego de Tarso, sino en el hebreo o arameo de Jerusalén.

En cuanto a su judaísmo Pablo mismo les dice a los filipenses “circuncidado al octavo día, del linaje de Israel, de la tribu de Benjamín, hebreo de hebreos; en cuanto a la ley, fariseo” (Fil. 3:5). El teólogo Peter J. Tomson aún define a Pablo como fariseo helenístico

El tema de la helenización del judaísmo continúa siendo debatido en círculos teológicos cristianos, sin embargo el pueblo judío que vivía en un mundo de cultura griega, se mantuvo fiel a la fe de Israel.


¹ Sedaca, D. La Permanencia De Israel: Breve Historia Del Pueblo Judío: Virginia: InstantPublisher, (2020) p. 38-40).
² Josefo, Flavio. La guerra de los judíos i. 1, § 1; vii. 10, § 2.
³ Baur, Ferdinand C.. The church history of the first three centuries; traducido del alemán a inglés por el Rev. Allan Menzies. (1879) Edinburgo, Williams and Norgate, p. 179.
⁴ Siegert, Folker (2009). «Philo and the New Testament». The Cambridge Companion to Philo. p. 175-209.
⁵ Tomson, Peter J. Paul and the Jewish Law. Minneapolis: Fortress press, (1990) p. 51,.